28.11.2014
06.02.2015
Inauguración
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CarrerasMugica tiene el agrado de presentar SiluetasMasasSombras PerfilesBultosEspectros LeyendasDesechosEspantos, tercera exposición individual de Pello Irazu en la galería tras la realizada en 2009.
→ Pello IrazuLa trayectoria de Pello Irazu a lo largo de los últimos treinta años se ha carac- terizado por su dedicación a los problemas de lo escultórico con un carácter ex- tremadamente abierto que, en el plano material, no solo se vehicula a través de una multitud de formatos, materiales y dispositivos, sino que lo hace también a través de expresiones consideradas gráficas como el dibujo –en su concepto más amplio– o la pintura mural. Por otro lado, en el ámbito de las referencias, alusiones o apelaciones a la realidad –al conjunto de las representaciones que la configuran –, su trabajo está plagado de deslizamientos entre el signo mate- rial, plástico, y el resto de signos circulantes en lo social. En ambos casos las dimensiones propias de sus variadas expresiones no son sino la concentración de un espacio relacional de múltiples dimensiones siempre incumbido desde lo escultórico.
La exposición que se presenta en la Galería Carreras Múgica reúne un con- junto de cuatro esculturas de considerable formato junto a otras más pequeñas así como un conjunto de dibujos, realizados en los últimos meses, que toman como título una matriz de nociones (Siluetas /Masas / Sombras / Perfiles / Bultos /Espectros /Leyendas / Desechos / Espantos) que explicita los juegos de deslizamientos entre las distintas categorías de signos utilizados.
A un nivel muy elemental, las formas que conforman estas obras se originan
a partir de un procedimiento de concentración de objetos que pierden su con- dición de tales al convertirse en siluetas, en masas, o en sombras: una foto- grafía con una serie de elementos de mobiliario que se funden en una sola imagen silueteada, un conjunto de cajas de cartón de diferentes tamaños que quedan subsumidas en una masa continua, o una pieza que arroja una sombra es traducida en un material e integrada en unidad con la pieza.
En un segundo nivel, las formas así generadas comienzan a definir determina- dos perfiles –en el sentido tanto gestáltico, como idiosincrásico–, unas presen- cias características, unos bultos cuya estirpe puede ser rastreada a partir de unas identificaciones culturales precisas; en tales formas quedan también con- vocados ciertos espectros familiares, los ancestros, con los que se establece una relación necesariamente agónica; como el artista manierista del XVI que amaba y odiaba tan intensamente su modelo que solo destruyéndolo conseg- uía darle su lugar y obtener el suyo propio, los perfiles, bultos y espectros de la escultura vasca, Oteiza, Chillida, Ibarrola, son convocados en una tenue fantas- magoría de las diferencias.
Finalmente, un tercer estadio nos coloca en el nivel propio de lo social. Si tradi- cionalmente los programas iconográficos del arte y particularmente la forma escultórica (en su vocación monumental) ha sido vehículos de unos contenidos que pretendían moralizar, transmitir determinados valores a la sociedad, en el caso de la escultura vasca de los 60 y 70 –a pesar de su expresión abstracta– todo ello se ha cumplido de una peculiar manera: las formas no se sometieron metafóricamente al dictado del contenido, sino que fueron las propias formas –un determinado catálogo de formas– las que metonimicamente llegaron a con- figurar un sentido tan ambiguo como reconocible en torno al cual era posible la identificación popular.
Las esculturas de mayor envergadura en esta exposición son evocaciones de esta tradición cercana y, al tiempo, suponen su propio cuestionamiento: a difer- encia de la nobleza de la materia que soportaba usualmente sus formas y en
la que descansaba buena parte de su eficacia comunicativa, en este caso, sus materiales proceden directamente del estercolero, del reciclaje de desechos sacados de la basura. Además, esta legibilidad de las formas dentro de un modelo hipercodificado, se relativiza por la inclusión de “leyendas” (aquello destinado a ser leído) que, en el caso de estas piezas, se originan a partir de una suspensión poética de la opinión publicada en un momento de desinte- gración social: páginas de periódico manipuladas con áreas de color que corto- circuitan el flujo informativo de los titulares. En definitiva, grandes masas articu- ladas (contra-monumentales) que, lejos de ser testimonio de la integración de una colectividad alrededor de ciertos valores y creencias, poéticamente ponen en juego el espanto y la desafección hacia sí misma y sus fundaciones.
La trayectoria de Pello Irazu a lo largo de los últimos treinta años se ha carac- terizado por su dedicación a los problemas de lo escultórico con un carácter ex- tremadamente abierto que, en el plano material, no solo se vehicula a través de una multitud de formatos, materiales y dispositivos, sino que lo hace también a través de expresiones consideradas gráficas como el dibujo –en su concepto más amplio– o la pintura mural. Por otro lado, en el ámbito de las referencias, alusiones o apelaciones a la realidad –al conjunto de las representaciones que la configuran –, su trabajo está plagado de deslizamientos entre el signo mate- rial, plástico, y el resto de signos circulantes en lo social. En ambos casos las dimensiones propias de sus variadas expresiones no son sino la concentración de un espacio relacional de múltiples dimensiones siempre incumbido desde lo escultórico.
La exposición que se presenta en la Galería Carreras Múgica reúne un con- junto de cuatro esculturas de considerable formato junto a otras más pequeñas así como un conjunto de dibujos, realizados en los últimos meses, que toman como título una matriz de nociones (Siluetas /Masas / Sombras / Perfiles / Bultos /Espectros /Leyendas / Desechos / Espantos) que explicita los juegos de deslizamientos entre las distintas categorías de signos utilizados.
A un nivel muy elemental, las formas que conforman estas obras se originan
a partir de un procedimiento de concentración de objetos que pierden su con- dición de tales al convertirse en siluetas, en masas, o en sombras: una foto- grafía con una serie de elementos de mobiliario que se funden en una sola imagen silueteada, un conjunto de cajas de cartón de diferentes tamaños que quedan subsumidas en una masa continua, o una pieza que arroja una sombra es traducida en un material e integrada en unidad con la pieza.
En un segundo nivel, las formas así generadas comienzan a definir determina- dos perfiles –en el sentido tanto gestáltico, como idiosincrásico–, unas presen- cias características, unos bultos cuya estirpe puede ser rastreada a partir de unas identificaciones culturales precisas; en tales formas quedan también con- vocados ciertos espectros familiares, los ancestros, con los que se establece una relación necesariamente agónica; como el artista manierista del XVI que amaba y odiaba tan intensamente su modelo que solo destruyéndolo conseg- uía darle su lugar y obtener el suyo propio, los perfiles, bultos y espectros de la escultura vasca, Oteiza, Chillida, Ibarrola, son convocados en una tenue fantas- magoría de las diferencias.
Finalmente, un tercer estadio nos coloca en el nivel propio de lo social. Si tradi- cionalmente los programas iconográficos del arte y particularmente la forma escultórica (en su vocación monumental) ha sido vehículos de unos contenidos que pretendían moralizar, transmitir determinados valores a la sociedad, en el caso de la escultura vasca de los 60 y 70 –a pesar de su expresión abstracta– todo ello se ha cumplido de una peculiar manera: las formas no se sometieron metafóricamente al dictado del contenido, sino que fueron las propias formas –un determinado catálogo de formas– las que metonimicamente llegaron a con- figurar un sentido tan ambiguo como reconocible en torno al cual era posible la identificación popular.
Las esculturas de mayor envergadura en esta exposición son evocaciones de esta tradición cercana y, al tiempo, suponen su propio cuestionamiento: a difer- encia de la nobleza de la materia que soportaba usualmente sus formas y en
la que descansaba buena parte de su eficacia comunicativa, en este caso, sus materiales proceden directamente del estercolero, del reciclaje de desechos sacados de la basura. Además, esta legibilidad de las formas dentro de un modelo hipercodificado, se relativiza por la inclusión de “leyendas” (aquello destinado a ser leído) que, en el caso de estas piezas, se originan a partir de una suspensión poética de la opinión publicada en un momento de desinte- gración social: páginas de periódico manipuladas con áreas de color que corto- circuitan el flujo informativo de los titulares. En definitiva, grandes masas articu- ladas (contra-monumentales) que, lejos de ser testimonio de la integración de una colectividad alrededor de ciertos valores y creencias, poéticamente ponen en juego el espanto y la desafección hacia sí misma y sus fundaciones.