09.03.2018
05.05.2018
Inauguración
Estudio
CarrerasMugica tiene el agrado de presentar RESISTENCIA, primera exposición de Ana Laura Aláez en el Estudio de la galería
→ Ana Laura AláezDurante el pasado verano rescaté de un container un buen número de cajas de cartón que habían servido para embalar lunas de coches. Mi primera intención era hacer una maqueta con un material accesible, con huellas de uso, fácil de transportar y apilar; pero sobre todo, que me ayudara a construir un gran volumen extendido en el espacio a escala real 1:1. La meta era equivocarme las veces que fueran necesarias. No sabía que, mucho más adelante, iba a considerar esta maqueta como pieza final. Este volumen comprimido contra la pared estaba destinado a dialogar con una versión de un tamaño inferior, en acero.
Con las tres primeras unidades (en la pieza final son la número 9, 10 y 11), ya me asaltaron dudas sobre si realmente era interesante proseguir. Al principio, llegué a pensar que, por su mínimo grosor, tendrían una apariencia flexible de caucho. Cuando necesito vengarme de mis propias incapacidades me urge maltratar lo que en cada preciso momento, entiendo por “escultura”. Para ello, me encaro con aquello con lo que esté trabajando. No sé si es una cuestión de, simplemente, degradar la masa tridimensional que se yergue frente a mí, o se trata más bien de humillarme hasta límites insospechados. O las dos cosas. Como si el hecho estético que aparece en la superficie no lograra resolver algo interno que se me resquebraja dentro. Ese pulso a muerte entre la realidad simbólica y la realidad física produce una catarsis. A menudo, me surgen las mismas preguntas básicas ante esa apuesta cuyo resultado aún está por verse. ¿Son razones equivocadas las que señalan permanecer ahí? ¿En qué instante abandoné la idea primera? Cuando llega el momento en el que la escultura te dice “basta”, ¿es retroceder una forma de avanzar?
Antes de desechar este material transitorio, pensé en utilizarlo como el soporte de una acción: el sujeto sería una portadora de esa escultura incompleta. Consistiría en blandir la estructura en el aire deformando sus líneas rectas. Hice unas pruebas conmigo misma para después, lanzar otras imágenes con una de mis colaboradoras habituales. Cuando aparecían dudas de cómo sujetar la pieza, y sobre todo, cuando brotaban cuestiones elementales que tienen que ver con masa externa y lenguaje corporal, fue inevitable gritar desde lejos para darle indicaciones. Me servía de palabras sueltas a modo de guión, como si de un código secreto se tratara. Correspondían al título de otras fotografías de mi trayectoria donde esta misma cómplice aparece. Como si todas esas imágenes en el tiempo conformaran una unidad interna y, a la vez, ayudaran a referirme a movimientos de ocupación espacial. Aludiendo a gestos sutiles que solamente se descifran por haber compartido experiencias y porque las fotografías, ya son entidades en sí mismas con su propia autonomía: “¡Bicéfalas!”; “¡Firma de autor!”; ”¡Pony girl performance!”... Y muchos otros enunciados cuya representación aún no existe, pero que entendemos como un lema implícito. Ahí te das cuenta de la cantidad de obras latentes que quedan por hacer con ese eco metálico, me atrevería a decir también, mágico. Saltos en el espacio y en la forma: de Santa Teresa de Jesús a David Bowie. Arcanos esotéricos que pertenecen a nuestro imaginario compartido. Una mística desigual.
De ahí resultó una especie de profanación pictórica, un estandarte en cuyo interior, parece que se hubieran pintado, con minuciosa caligrafía, unos árboles. Un paisaje dentro de otro, delimitado por unos prismas de cartón. Una maniobra de sabotaje contra el canon de las apariencias. Detrás de esa figura vertical de mujer transformándose en paisaje o de esa tierra con color de piel, convirtiéndose en cuerpo, acechan pensamientos que flotan disociados.
Pensamientos tales como premoldes, moldes, transmoldes o supramoldes; máscara y naturaleza; hábito dandi-obrero; experiencia epifánica; apropiación; irreverencia iconoclasta; terror primario; conceptos mínimos que se vuelven imágenes; lenguaje simbólico; conceder un tiempo infinito para cada obra; el andrógino primordial; razón y alma; y un largo etcétera...
Pero sin duda, “resistencia” siempre se manifiesta de una manera más evidente entre todos ellos.
Durante el pasado verano rescaté de un container un buen número de cajas de cartón que habían servido para embalar lunas de coches. Mi primera intención era hacer una maqueta con un material accesible, con huellas de uso, fácil de transportar y apilar; pero sobre todo, que me ayudara a construir un gran volumen extendido en el espacio a escala real 1:1. La meta era equivocarme las veces que fueran necesarias. No sabía que, mucho más adelante, iba a considerar esta maqueta como pieza final. Este volumen comprimido contra la pared estaba destinado a dialogar con una versión de un tamaño inferior, en acero.
Con las tres primeras unidades (en la pieza final son la número 9, 10 y 11), ya me asaltaron dudas sobre si realmente era interesante proseguir. Al principio, llegué a pensar que, por su mínimo grosor, tendrían una apariencia flexible de caucho. Cuando necesito vengarme de mis propias incapacidades me urge maltratar lo que en cada preciso momento, entiendo por “escultura”. Para ello, me encaro con aquello con lo que esté trabajando. No sé si es una cuestión de, simplemente, degradar la masa tridimensional que se yergue frente a mí, o se trata más bien de humillarme hasta límites insospechados. O las dos cosas. Como si el hecho estético que aparece en la superficie no lograra resolver algo interno que se me resquebraja dentro. Ese pulso a muerte entre la realidad simbólica y la realidad física produce una catarsis. A menudo, me surgen las mismas preguntas básicas ante esa apuesta cuyo resultado aún está por verse. ¿Son razones equivocadas las que señalan permanecer ahí? ¿En qué instante abandoné la idea primera? Cuando llega el momento en el que la escultura te dice “basta”, ¿es retroceder una forma de avanzar?
Antes de desechar este material transitorio, pensé en utilizarlo como el soporte de una acción: el sujeto sería una portadora de esa escultura incompleta. Consistiría en blandir la estructura en el aire deformando sus líneas rectas. Hice unas pruebas conmigo misma para después, lanzar otras imágenes con una de mis colaboradoras habituales. Cuando aparecían dudas de cómo sujetar la pieza, y sobre todo, cuando brotaban cuestiones elementales que tienen que ver con masa externa y lenguaje corporal, fue inevitable gritar desde lejos para darle indicaciones. Me servía de palabras sueltas a modo de guión, como si de un código secreto se tratara. Correspondían al título de otras fotografías de mi trayectoria donde esta misma cómplice aparece. Como si todas esas imágenes en el tiempo conformaran una unidad interna y, a la vez, ayudaran a referirme a movimientos de ocupación espacial. Aludiendo a gestos sutiles que solamente se descifran por haber compartido experiencias y porque las fotografías, ya son entidades en sí mismas con su propia autonomía: “¡Bicéfalas!”; “¡Firma de autor!”; ”¡Pony girl performance!”... Y muchos otros enunciados cuya representación aún no existe, pero que entendemos como un lema implícito. Ahí te das cuenta de la cantidad de obras latentes que quedan por hacer con ese eco metálico, me atrevería a decir también, mágico. Saltos en el espacio y en la forma: de Santa Teresa de Jesús a David Bowie. Arcanos esotéricos que pertenecen a nuestro imaginario compartido. Una mística desigual.
De ahí resultó una especie de profanación pictórica, un estandarte en cuyo interior, parece que se hubieran pintado, con minuciosa caligrafía, unos árboles. Un paisaje dentro de otro, delimitado por unos prismas de cartón. Una maniobra de sabotaje contra el canon de las apariencias. Detrás de esa figura vertical de mujer transformándose en paisaje o de esa tierra con color de piel, convirtiéndose en cuerpo, acechan pensamientos que flotan disociados.
Pensamientos tales como premoldes, moldes, transmoldes o supramoldes; máscara y naturaleza; hábito dandi-obrero; experiencia epifánica; apropiación; irreverencia iconoclasta; terror primario; conceptos mínimos que se vuelven imágenes; lenguaje simbólico; conceder un tiempo infinito para cada obra; el andrógino primordial; razón y alma; y un largo etcétera...
Pero sin duda, “resistencia” siempre se manifiesta de una manera más evidente entre todos ellos.