12.04.2019
31.05.2019
Inauguración
Estudio
CarrerasMugica tiene el agrado de presentar papá camp da, primera exposición de Daniel Llaría en el estudio de la galería.
Quien dijo que el trabajo extenúa el cuerpo acertó en todo menos en un aspecto: el cuerpo siempre tiene para dar. Da. Recibe. Da. Es un cuelgue en toda regla [1].
Lo sustancioso: el trabajo para el cuerpo, como lo podría ser una retórica para un discurso, entregado a ella una y otra vez (esta es la historia: un deseo que busca acaba siempre encontrando contrincante: mira y mide lo que les separa en relación a un campo de operaciones, se proyecta violando esa distancia, en modo alguno es sutil, ninguna seducción lo es, un escritor polaco me preguntó una vez qué sentido filosófico tiene la seducción. Le contesté: no la tiene, esa es su filosofía).
Lo sustancial: la plusvalía. Dar y recibir copulan eficazmente por obra y mérito de la graciosa conjunción. Pero esta sí que es una historia de otro tiempo. Modern times. Lo que viene siendo el fordismo canónico, vaya. Se confía en una relación de aparente intercambio, la circularidad del toma y daca que sostuviera antaño la forma trueque, pero contenida mágicamente en la forma salario. La falla, el missing, es que solo de manera ideológica o quimérica es el salario un equivalente entre lo que se da y se recibe. Se batalló, y mucho, por la plusvalía.
Pensemos que la historia pesa en los cuerpos. Que estos cuelgan de diversa forma a través de la historia. Lo saben y lo ignoran todo. (Hay quienes definen el tiempo en presente de este modo, un instante flotante en la inopia). El conocimiento es dolor y placer la ignorancia. Ambos trazan el campo de operaciones. ¿Podría entonces el cuerpo, como operador en estas circunstancias, escapar a las determinaciones del peso de la historia? Puede: el cuerpo, torturado por la tensión entre dolor y placer, ese cuerpo que es a la vez pasivo y activo, masculino y femenino, abstracto y figurativo, depurado y abigarrado, estructural y ornamental, se construye en secreto, como plástica instauradora, una especie de subcultura, hecha con los desperdicios del mundo cultural, un dominio de los mitos informes, de las pasiones desvencijadas, de la compensación y, desde luego, de lo inoperante, de la dejación y del saber caer. Lo cual supone una inteligencia sin duda desafiante. Y no es poco.
Pablo Marte
[1] De los 300 trabajadores despedidos en el GM de Figueruelas en 2004, 158 describieron la decepción y el abatimiento por el despido con la imagen de un peluche colgado en una máquina de gancho. ‘Pender’, ‘pender de un hilo’, ‘estar pendientes’ o ‘demasiado pendientes’ y ‘depender’ o ‘dependientes’ fueron, por lo general, las palabras más usadas.
Quien dijo que el trabajo extenúa el cuerpo acertó en todo menos en un aspecto: el cuerpo siempre tiene para dar. Da. Recibe. Da. Es un cuelgue en toda regla [1].
Lo sustancioso: el trabajo para el cuerpo, como lo podría ser una retórica para un discurso, entregado a ella una y otra vez (esta es la historia: un deseo que busca acaba siempre encontrando contrincante: mira y mide lo que les separa en relación a un campo de operaciones, se proyecta violando esa distancia, en modo alguno es sutil, ninguna seducción lo es, un escritor polaco me preguntó una vez qué sentido filosófico tiene la seducción. Le contesté: no la tiene, esa es su filosofía).
Lo sustancial: la plusvalía. Dar y recibir copulan eficazmente por obra y mérito de la graciosa conjunción. Pero esta sí que es una historia de otro tiempo. Modern times. Lo que viene siendo el fordismo canónico, vaya. Se confía en una relación de aparente intercambio, la circularidad del toma y daca que sostuviera antaño la forma trueque, pero contenida mágicamente en la forma salario. La falla, el missing, es que solo de manera ideológica o quimérica es el salario un equivalente entre lo que se da y se recibe. Se batalló, y mucho, por la plusvalía.
Pensemos que la historia pesa en los cuerpos. Que estos cuelgan de diversa forma a través de la historia. Lo saben y lo ignoran todo. (Hay quienes definen el tiempo en presente de este modo, un instante flotante en la inopia). El conocimiento es dolor y placer la ignorancia. Ambos trazan el campo de operaciones. ¿Podría entonces el cuerpo, como operador en estas circunstancias, escapar a las determinaciones del peso de la historia? Puede: el cuerpo, torturado por la tensión entre dolor y placer, ese cuerpo que es a la vez pasivo y activo, masculino y femenino, abstracto y figurativo, depurado y abigarrado, estructural y ornamental, se construye en secreto, como plástica instauradora, una especie de subcultura, hecha con los desperdicios del mundo cultural, un dominio de los mitos informes, de las pasiones desvencijadas, de la compensación y, desde luego, de lo inoperante, de la dejación y del saber caer. Lo cual supone una inteligencia sin duda desafiante. Y no es poco.
Pablo Marte
[1] De los 300 trabajadores despedidos en el GM de Figueruelas en 2004, 158 describieron la decepción y el abatimiento por el despido con la imagen de un peluche colgado en una máquina de gancho. ‘Pender’, ‘pender de un hilo’, ‘estar pendientes’ o ‘demasiado pendientes’ y ‘depender’ o ‘dependientes’ fueron, por lo general, las palabras más usadas.