08.01.2016
06.02.2016
Inauguración
Estudio
CarrerasMugica tiene el agrado de presentar a partir del 9 de enero ONCE DIBUJOS DE PICASSO, exposición realizada en colaboración con la galería Guillermo de Osma de Madrid en la que se muestra dibujos del artista realizados entre los años 1920 y 1969.
Mosqueteros, desnudos femeninos, Dora Maar, toros y retratos de diversos personajes son algunos de los temas de las obras que aquí se muestran. Todos estos dibujos han sido recogidos en una publicación en la que se contextualiza cada una de ellas y que ha sido prologada por Antonio Muñoz Molina.
En Picasso el dibujo es una disciplina y es también un hábito y un vicio, un automatismo incesante, una parte de esa hiperactividad que le mantenía continuamente ocupadas la mirada y las manos. Dibujaba como respiraba, con una fluidez que parecía excluir la deliberación y sin embargo producía siempre resltados exactos, como cuando hacía un collage fulminante con cuatro cosas encontradas en el suelo del taller, o como esas veces, en su época con Dora Maar, en las que, para consolarla a ella de la pérdida de un perrito, hacía extraordinarios retratos de él estrujando y doblando servilletas de papel del restaurante en el que comían juntos. Fechaba cada dibujo con un cálculo más bien administrativo de catalogador de sí mismo, pero también con un impulso de marcar su instantaneidad, su cualidad de obra empezada y terminada en un día, como se apunta la fecha en una entrada de un diario, una escritura no premeditada ni reelaborada, sino lanzada sobre el papel como una mancha de tinta. (…) Esa velocidad es la garantía de la frescura de lo realizado (…)*.
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* Antonio Muñoz Molina Metamorfosis del dibujo
Mosqueteros, desnudos femeninos, Dora Maar, toros y retratos de diversos personajes son algunos de los temas de las obras que aquí se muestran. Todos estos dibujos han sido recogidos en una publicación en la que se contextualiza cada una de ellas y que ha sido prologada por Antonio Muñoz Molina.
En Picasso el dibujo es una disciplina y es también un hábito y un vicio, un automatismo incesante, una parte de esa hiperactividad que le mantenía continuamente ocupadas la mirada y las manos. Dibujaba como respiraba, con una fluidez que parecía excluir la deliberación y sin embargo producía siempre resltados exactos, como cuando hacía un collage fulminante con cuatro cosas encontradas en el suelo del taller, o como esas veces, en su época con Dora Maar, en las que, para consolarla a ella de la pérdida de un perrito, hacía extraordinarios retratos de él estrujando y doblando servilletas de papel del restaurante en el que comían juntos. Fechaba cada dibujo con un cálculo más bien administrativo de catalogador de sí mismo, pero también con un impulso de marcar su instantaneidad, su cualidad de obra empezada y terminada en un día, como se apunta la fecha en una entrada de un diario, una escritura no premeditada ni reelaborada, sino lanzada sobre el papel como una mancha de tinta. (…) Esa velocidad es la garantía de la frescura de lo realizado (…)*.
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* Antonio Muñoz Molina Metamorfosis del dibujo