17.05.2024
20.09.2024
Inauguración 17 May 18:00
Estudio
CarrerasMugica tiene el agrado de presentar, del 17 de mayo al 30 de julio de 2024, Kore, primera exposición individual de Mar De Dios en la galería.
→ Mar de DiosLo que Kore recuerda del ascenso a la superficie es difícil de narrar. Es una historia preverbal. Una concatenación de sensaciones y sinestesias. Lo primero fue el cuerpo contra la tierra, las manos que se clavaban en las paredes de arcilla húmeda. El barro bajo las uñas. Con la misma tierra de la que consiguió escapar, se dispuso a hacer objetos que le recordasen a algo que, en realidad, nunca había visto. Como una canción que sonase a la primera canción de todas, esa que nadie nunca ha llegado a escuchar, pero que duerme en el inconsciente colectivo.
Justo antes de emprender la huida, ingirió una semilla de granada. Una vez en la Tierra, eclosionó dentro de sí y una voz sonó en su cabeza, pronunciando palabras por vez primera:
“Cuando mires a tu alrededor verás las cosas del mundo esperando formales al agarre de tu mano. Dispuestas unas al lado de las otras, estarán siendo en realidad aplastadas hacia abajo por la mano de una fuerza invisible, que impera sobre todas las cosas. Podrás cambiarlas de orden y podrás jugar a dejarlas caer. Es poco más lo que con ellas podrás hacer. De esta limitación nacerá tu frustración, de la que nacerá el deseo de destruir. Será el mismo deseo que te llevará a pensar en empujar a las vías del tren a la persona que espera a tu lado en el andén. Que caería también empujada por la mano de esta misma fuerza invisible. La idea de que en realidad fue la tuya quien la empujó será solo una ilusión”.
Asustada por estas palabras y huyendo de este principio destructor, Kore comenzó a construir objetos de barro en los que poder refugiarse. Recordaba este refugio aunque nunca lo hubiese visto. De vez en cuando la misma voz volvía a pronunciarse, y Kore supo, muchas edades más tarde, que a esta voz la llamaron pensamiento:
“Al aproximarte a un pedazo de barro es posible que experimentes deseos de aplastarlo, hincarle los dedos. El barro bajo las uñas. Golpearlo con un puño. Todos son deseos que nacerán en tu cuerpo, previos a las palabras con las que después los nombrarás. Si logras mantenerte en el deseo sin nombrar, comenzarás a construir de veras”.
Al aproximarte a un pedazo de barro y comenzar a trabajarlo, este quedará a la altura del core. Recién llegada a la Tierra, el de Kore era un existir inestable, en un cuerpo más inestable aún. Así que decidió cultivarse en el arte de la espera. Quieta. En silencio. Intentando escuchar la voz que nunca decía nada, por detrás de esa voz a la que más tarde llamaron pensamiento.
Así fue como el día menos esperado, de lo más errático de su cuerpo, la parte derecha de su pelvis, comenzaron a brotar formas básicas universales, que siempre habían habitado allí. Con la pulsión y el deseo suficiente, comenzó a canalizarlas fuera de sí. Un baile cada tarde, donde dejar a las formas ser, sin nombrarlas. Cautelosa de que las palabras y el pensamiento no usurpasen el lugar, que de forma legítima, correspondía a las cosas del mundo. No permitiendo a la descripción ponerse el disfraz de las cosas mismas.
Tras esta hazaña el mundo pasaría a recordarla para siempre como Perséfone, arquetipo para lo innombrable. Mitología a la que adherirte cuando no hay palabras de este mundo con las que decir.
Vivir la vida de una forma mitológica significa rendirte a ciertas formas básicas universales y a una existencia preverbal, donde el sentido del tacto va apartando las fronteras y demarcaciones de lo que nos contaron, pelando la verdad como una fruta.
Lo que Kore recuerda del ascenso a la superficie es difícil de narrar. Es una historia preverbal. Una concatenación de sensaciones y sinestesias. Lo primero fue el cuerpo contra la tierra, las manos que se clavaban en las paredes de arcilla húmeda. El barro bajo las uñas. Con la misma tierra de la que consiguió escapar, se dispuso a hacer objetos que le recordasen a algo que, en realidad, nunca había visto. Como una canción que sonase a la primera canción de todas, esa que nadie nunca ha llegado a escuchar, pero que duerme en el inconsciente colectivo.
Justo antes de emprender la huida, ingirió una semilla de granada. Una vez en la Tierra, eclosionó dentro de sí y una voz sonó en su cabeza, pronunciando palabras por vez primera:
“Cuando mires a tu alrededor verás las cosas del mundo esperando formales al agarre de tu mano. Dispuestas unas al lado de las otras, estarán siendo en realidad aplastadas hacia abajo por la mano de una fuerza invisible, que impera sobre todas las cosas. Podrás cambiarlas de orden y podrás jugar a dejarlas caer. Es poco más lo que con ellas podrás hacer. De esta limitación nacerá tu frustración, de la que nacerá el deseo de destruir. Será el mismo deseo que te llevará a pensar en empujar a las vías del tren a la persona que espera a tu lado en el andén. Que caería también empujada por la mano de esta misma fuerza invisible. La idea de que en realidad fue la tuya quien la empujó será solo una ilusión”.
Asustada por estas palabras y huyendo de este principio destructor, Kore comenzó a construir objetos de barro en los que poder refugiarse. Recordaba este refugio aunque nunca lo hubiese visto. De vez en cuando la misma voz volvía a pronunciarse, y Kore supo, muchas edades más tarde, que a esta voz la llamaron pensamiento:
“Al aproximarte a un pedazo de barro es posible que experimentes deseos de aplastarlo, hincarle los dedos. El barro bajo las uñas. Golpearlo con un puño. Todos son deseos que nacerán en tu cuerpo, previos a las palabras con las que después los nombrarás. Si logras mantenerte en el deseo sin nombrar, comenzarás a construir de veras”.
Al aproximarte a un pedazo de barro y comenzar a trabajarlo, este quedará a la altura del core. Recién llegada a la Tierra, el de Kore era un existir inestable, en un cuerpo más inestable aún. Así que decidió cultivarse en el arte de la espera. Quieta. En silencio. Intentando escuchar la voz que nunca decía nada, por detrás de esa voz a la que más tarde llamaron pensamiento.
Así fue como el día menos esperado, de lo más errático de su cuerpo, la parte derecha de su pelvis, comenzaron a brotar formas básicas universales, que siempre habían habitado allí. Con la pulsión y el deseo suficiente, comenzó a canalizarlas fuera de sí. Un baile cada tarde, donde dejar a las formas ser, sin nombrarlas. Cautelosa de que las palabras y el pensamiento no usurpasen el lugar, que de forma legítima, correspondía a las cosas del mundo. No permitiendo a la descripción ponerse el disfraz de las cosas mismas.
Tras esta hazaña el mundo pasaría a recordarla para siempre como Perséfone, arquetipo para lo innombrable. Mitología a la que adherirte cuando no hay palabras de este mundo con las que decir.
Vivir la vida de una forma mitológica significa rendirte a ciertas formas básicas universales y a una existencia preverbal, donde el sentido del tacto va apartando las fronteras y demarcaciones de lo que nos contaron, pelando la verdad como una fruta.