09.03.2023
04.05.2023
Inauguración
CarrerasMugica tiene el agrado de presentar, del 9 de marzo al 4 de mayo una exposición de Isabel Baquedano. La preparación de la muestra ha contado con la ilusión y el buen hacer de la galería Guillermo de Osma, de Madrid, que acogerá a las obras durante los meses de mayo y junio próximos.
Adentrarse en la obra de Isabel Baquedano nos permite reconocer la aventura de una generación de pintores, Antonio López, Isabel Quintanilla, Alfredo Alcaín, entre otros compañeros y amigos formados en la Escuela de BB.AA. de San Fernando de Madrid, que se atrevieron a mirar y hacer frente a la sociedad española de posguerra, mediante una figuración de contenido social, o practicando una suerte de realismo, en ocasiones intimista, pero atentos igualmente al devenir del arte pop de los años 50 y 60.
Sin embargo, la obra de Isabel Baquedano parece guiada por la historia de la pintura, y por la obra de los grandes maestros del Prado, a los que frecuentaba y a veces “pintaba” en su época de estudiante.
Pudo suceder que frente a Velázquez, por ejemplo, cuya obra admiraba, la pintora viera que el engarce de la obra con la realidad, no depende del grado de verosimilitud de lo representado, sino del modo de afrontar el cuadro con la pintura como único medio.
Pero el recuerdo de sus primeros dibujos religiosos, vivos y activos, que abrían las recientes exposiciones de Bilbao y Pamplona, permite suponer que la pintora respondía a dicho principio desde siempre, desde sus inicios en la Escuela de AA. y OO. de Zaragoza.
La exposición contiene abundantes ejemplos de su destreza para la representación no verista, sino veraz, del modelo. Llama la atención el grupo de pequeños bodegones tomados del natural, realizados en dos o tres sesiones, con gran viveza de color, como si las escenas y los frutos hubieran sido fijados en el instante previo a su declinar. Y pintados de diferente manera.
Los dibujos manifiestan igualmente buen dominio de la representación (el gato acomodado en los brazos de la mujer, en concreto). Realizados a grafito, la pintora los utiliza para conocer de antemano la forma de las figuras, que luego sintetizará en el lienzo con precisión, para que el color asuma el resto de la tarea. Para que, el color, de condición y raíz subjetiva, pueda jugar a iluminar lo que el deseo demanda más allá del sentido -en el territorio de lo autobiográfico, tal vez-.
Sucede en los cuadros de camareros y malabaristas, tomados por Isabel para dar cuenta de una quiebra amorosa por ella largamente sentida, que inexplicablemente fuerza a la pintora a reducir la factura naturalista del cuadro, y a un uso del color nada objetivo; pero con los personajes dibujados en una relación de continuo movimiento, donde la ironía –testigo sutil de la rotura-, acierta a deslizarse desde una posición de clara diatriba, hacia otra más amorosa
en los malabaristas, llegando a configurar toda una declaración de intenciones de la mujer respecto del hombre: de la escena de la pareja con el perro, a la resuelta posición de la domadora de focas.
El tercer grupo temático de la exposición atiende a los llamados cuadros religiosos, que mantienen en origen los caracteres formales de los malabaristas: las figuras bien sintetizadas, el uso del color nada objetivo ni modulado, más abstracto, al modo de la pintura “simbolista”. Y es verdad que algunos de
estos cuadros toman una vía claramente simbolista; sin embargo, observados sin prisa, se advierte que cada uno de ellos trata un asunto específico de organización y de pintura, dirigido a presentar el mensaje cristiano como si se tratara de un acontecimiento en presente. Habilitando para ello sencillas discontinuidades que “descoyuntan” la unidad a la que por convención debería tender la representación religiosa: ciertas manchas, los restos de otros cuadros……; y con las direcciones y las miradas de los personajes suscitando un entramado dinámico, para que los colores, utilizados en todo su valor y contraste cromático, se activen un tanto más, y rocen el límite de convertirse en luz, velando el manifiesto fuera de norma y ley, de lo sagrado.
Ocurre no por casualidad en las escenas del Nuevo Testamento, es el caso de los descendimientos, donde, el color, de manera extraordinaria, levanta la expresión viva de un relato de turbación, silencioso e inextinguible.
Con el contrapunto del pequeño cuadro de María doliente, revestida con trazo poderoso de bermellón claro y azul turbio; y con la gran pintura de la natividad cristiana resonando sobre la figura de Jesús. Dibujado de perfil, al niño por momentos le ilumina Piero della Francesca y al instante siguiente Andrea Mantegna.
Pequeños prodigios, que no obstante, dan fe del hecho de haber sido pintados.
Una suerte de puesta en acto de la pintura, aventurada de mil maneras distintas por Isabel Baquedano, que determina la contemporaneidad de su obra más allá de los temas tratados.
Adentrarse en la obra de Isabel Baquedano nos permite reconocer la aventura de una generación de pintores, Antonio López, Isabel Quintanilla, Alfredo Alcaín, entre otros compañeros y amigos formados en la Escuela de BB.AA. de San Fernando de Madrid, que se atrevieron a mirar y hacer frente a la sociedad española de posguerra, mediante una figuración de contenido social, o practicando una suerte de realismo, en ocasiones intimista, pero atentos igualmente al devenir del arte pop de los años 50 y 60.
Sin embargo, la obra de Isabel Baquedano parece guiada por la historia de la pintura, y por la obra de los grandes maestros del Prado, a los que frecuentaba y a veces “pintaba” en su época de estudiante.
Pudo suceder que frente a Velázquez, por ejemplo, cuya obra admiraba, la pintora viera que el engarce de la obra con la realidad, no depende del grado de verosimilitud de lo representado, sino del modo de afrontar el cuadro con la pintura como único medio.
Pero el recuerdo de sus primeros dibujos religiosos, vivos y activos, que abrían las recientes exposiciones de Bilbao y Pamplona, permite suponer que la pintora respondía a dicho principio desde siempre, desde sus inicios en la Escuela de AA. y OO. de Zaragoza.
La exposición contiene abundantes ejemplos de su destreza para la representación no verista, sino veraz, del modelo. Llama la atención el grupo de pequeños bodegones tomados del natural, realizados en dos o tres sesiones, con gran viveza de color, como si las escenas y los frutos hubieran sido fijados en el instante previo a su declinar. Y pintados de diferente manera.
Los dibujos manifiestan igualmente buen dominio de la representación (el gato acomodado en los brazos de la mujer, en concreto). Realizados a grafito, la pintora los utiliza para conocer de antemano la forma de las figuras, que luego sintetizará en el lienzo con precisión, para que el color asuma el resto de la tarea. Para que, el color, de condición y raíz subjetiva, pueda jugar a iluminar lo que el deseo demanda más allá del sentido -en el territorio de lo autobiográfico, tal vez-.
Sucede en los cuadros de camareros y malabaristas, tomados por Isabel para dar cuenta de una quiebra amorosa por ella largamente sentida, que inexplicablemente fuerza a la pintora a reducir la factura naturalista del cuadro, y a un uso del color nada objetivo; pero con los personajes dibujados en una relación de continuo movimiento, donde la ironía –testigo sutil de la rotura-, acierta a deslizarse desde una posición de clara diatriba, hacia otra más amorosa
en los malabaristas, llegando a configurar toda una declaración de intenciones de la mujer respecto del hombre: de la escena de la pareja con el perro, a la resuelta posición de la domadora de focas.
El tercer grupo temático de la exposición atiende a los llamados cuadros religiosos, que mantienen en origen los caracteres formales de los malabaristas: las figuras bien sintetizadas, el uso del color nada objetivo ni modulado, más abstracto, al modo de la pintura “simbolista”. Y es verdad que algunos de
estos cuadros toman una vía claramente simbolista; sin embargo, observados sin prisa, se advierte que cada uno de ellos trata un asunto específico de organización y de pintura, dirigido a presentar el mensaje cristiano como si se tratara de un acontecimiento en presente. Habilitando para ello sencillas discontinuidades que “descoyuntan” la unidad a la que por convención debería tender la representación religiosa: ciertas manchas, los restos de otros cuadros……; y con las direcciones y las miradas de los personajes suscitando un entramado dinámico, para que los colores, utilizados en todo su valor y contraste cromático, se activen un tanto más, y rocen el límite de convertirse en luz, velando el manifiesto fuera de norma y ley, de lo sagrado.
Ocurre no por casualidad en las escenas del Nuevo Testamento, es el caso de los descendimientos, donde, el color, de manera extraordinaria, levanta la expresión viva de un relato de turbación, silencioso e inextinguible.
Con el contrapunto del pequeño cuadro de María doliente, revestida con trazo poderoso de bermellón claro y azul turbio; y con la gran pintura de la natividad cristiana resonando sobre la figura de Jesús. Dibujado de perfil, al niño por momentos le ilumina Piero della Francesca y al instante siguiente Andrea Mantegna.
Pequeños prodigios, que no obstante, dan fe del hecho de haber sido pintados.
Una suerte de puesta en acto de la pintura, aventurada de mil maneras distintas por Isabel Baquedano, que determina la contemporaneidad de su obra más allá de los temas tratados.