18.05.2024
20.09.2024
Inauguración 17 May 18:00
Nave
CarrerasMugica tiene el agrado de presentar, del 18 de mayo al 30 de julio, Conchita, primera exposición individual en la galería del artista mexicano Rodrigo Hernández tras su participación en la exposición de grupo El nudo comisariada por Manuela Moscoso en 2019.
→ Rodrigo HernándezUn escudo de armas evoluciona: es usual que con el tiempo integre nuevos elementos o pierda algunos otros. Pero además, puede modificarse el significado de una o varias de las partes que lo conforman. En algunos casos, pueden suceder ambas transformaciones simultáneamente, y pueden hacerlo varias veces a lo largo del tiempo, sin que siempre quede un registro que explique con claridad la ruta de tales evoluciones. Por lo mismo, resulta casi imposible saber qué significa realmente lo que vemos, o, sobre todo, qué es lo que pretendía significar originalmente. Así que cuando miramos un escudo de armas, miramos una imagen que acumula transiciones que se han ido opacando y de alguna manera auto-negando. Al mismo tiempo, la mayor sorpresa es que las imágenes ahí visibles son elementales, casi arquetípicas: un árbol, una torre, un puente, dos lobos, una montaña.
Hace poco me encontré con esta frase en una novela: “La memoria es como un perro callejero que no obedece reglas y hace exactamente lo que le viene en gana, sin aceptar adiestramientos”. Yo diría que es más bien como un lobo: un ser salvaje que ronda al mundo humano y lo infiltra con miedos, conjeturas e infinitas interrogantes.
Siempre adoré a mi abuela Conchita. Por unos años vivimos juntos ella, mi madre y yo en una misma casa. Cuando llegaba de la escuela ella me estaba esperando, preparaba la comida y nos sentábamos los dos a la mesa. Durante ese tiempo y más adelante escuché algunos detalles de su historia; los pocos que ella quiso o pudo compartir; como el que había nacido en Durango, a unos kilómetros de aquí, donde tiene lugar esta exposición. ¿Se acordaba en realidad de tan pocas cosas? ¿Qué minaba este relato y lo hacía tan incompleto? ¿Qué es lo que nos incita a recordar partes del pasado y qué le da esa forma específica en la que reaparece reconstruido? Fui acumulando estos detalles sin ninguna intención específica, y sobre todo sin saber que en el futuro necesitaría más elementos para vincularlos y poder tejer una cierta coherencia que me permitiera formar alguna suerte de imagen más o menos integrada de su vida, misma que hoy sigo sin tener. Lo poco que se ha salvado de la historia de Conchita son escenas, pedazos que vienen incompletos a mi memoria y que me dejan una sensación de discontinuidad muy parecida a cuando uno quiere recordar un sueño, con el mismo miedo a que su recuerdo desaparezca y lo esconda para siempre la memoria.
Un escudo de armas evoluciona: es usual que con el tiempo integre nuevos elementos o pierda algunos otros. Pero además, puede modificarse el significado de una o varias de las partes que lo conforman. En algunos casos, pueden suceder ambas transformaciones simultáneamente, y pueden hacerlo varias veces a lo largo del tiempo, sin que siempre quede un registro que explique con claridad la ruta de tales evoluciones. Por lo mismo, resulta casi imposible saber qué significa realmente lo que vemos, o, sobre todo, qué es lo que pretendía significar originalmente. Así que cuando miramos un escudo de armas, miramos una imagen que acumula transiciones que se han ido opacando y de alguna manera auto-negando. Al mismo tiempo, la mayor sorpresa es que las imágenes ahí visibles son elementales, casi arquetípicas: un árbol, una torre, un puente, dos lobos, una montaña.
Hace poco me encontré con esta frase en una novela: “La memoria es como un perro callejero que no obedece reglas y hace exactamente lo que le viene en gana, sin aceptar adiestramientos”. Yo diría que es más bien como un lobo: un ser salvaje que ronda al mundo humano y lo infiltra con miedos, conjeturas e infinitas interrogantes.
Siempre adoré a mi abuela Conchita. Por unos años vivimos juntos ella, mi madre y yo en una misma casa. Cuando llegaba de la escuela ella me estaba esperando, preparaba la comida y nos sentábamos los dos a la mesa. Durante ese tiempo y más adelante escuché algunos detalles de su historia; los pocos que ella quiso o pudo compartir; como el que había nacido en Durango, a unos kilómetros de aquí, donde tiene lugar esta exposición. ¿Se acordaba en realidad de tan pocas cosas? ¿Qué minaba este relato y lo hacía tan incompleto? ¿Qué es lo que nos incita a recordar partes del pasado y qué le da esa forma específica en la que reaparece reconstruido? Fui acumulando estos detalles sin ninguna intención específica, y sobre todo sin saber que en el futuro necesitaría más elementos para vincularlos y poder tejer una cierta coherencia que me permitiera formar alguna suerte de imagen más o menos integrada de su vida, misma que hoy sigo sin tener. Lo poco que se ha salvado de la historia de Conchita son escenas, pedazos que vienen incompletos a mi memoria y que me dejan una sensación de discontinuidad muy parecida a cuando uno quiere recordar un sueño, con el mismo miedo a que su recuerdo desaparezca y lo esconda para siempre la memoria.