
Susana Solano ha puesto en el mundo imágenes que nos conmueven y comprometen. Su arte, como quizá todo arte que pueda aun considerarse legítimo, nos invita a habitar en esos lugares imaginarios en que el riesgo del presente se haga visible, y nos siga interpelando. Sus creaciones escultóricas son duras, abstractas, definidas, de aristas vivas, hirientes a veces. Pero hay en su obra otras imágenes, otros materiales, a veces tan dúctiles y frágiles como la memoria de las cosas pasadas.
Lo cierto es que el detonante creativo surge sin forzar, en un entorno próximo y social, en vivencias personales, en la cotidianidad, en lo que sé y lo que no sé, en lo que duele y alegra… La obra ya no me pertenece y me asombra porque se pertenece a sí misma. Sólo he sido un instrumento, tal vez una sombra, de la memoria colectiva. Todo intento de explicarla es anecdótico, y la más grande anécdota es estar yo misma hablándola o escribiéndola. A pesar de ello, el arte es otra cosa; ésta es su gloria, en un mundo cada vez más repleto de pactos, normas, métodos, burocracias, verdades, razones… y sus contrarios
Susana Solano (Barcelona, 1946), se convirtió a mediados de los 80 en la artista española más importante a nivel internacional, con una trayectoria sobresaliente. Fue Premio Nacional de Artes Plásticas en 1988, participó en las ediciones de 1987 y 1992 de la Documenta de Kassel, en las Bienales de Venecia de 1988 y 1993 y, desde 1987, cuenta con una obra pública permanente en la ciudad de Münster, fruto de su participación aquel año en el Sculpture Project, la convocatoria mundial más importante en su género. Algunos de sus últimos proyectos son Con la mano. 1979-1980, en el CA2M (Móstoles, Madrid); El mundo de las cosas, CNIO Arte 2022 (Madrid); Acta, IVAM (Valencia); o Acta (dos), Museo Patio Herreriano; Valladolid.